LA OBRA DE CUIXART EN 4 ETAPAS
Dau al set
(1948-1955)
En 1948, un grupo de jóvenes artistas e intelectuales comprometidos con la vanguardia (Brossa, Cuixart, Ponç, A. Puig, Tàpies y Tharrats) aunaron sus inquietudes para fundar una revista que se convirtió en vehículo de expresión de actitudes abiertamente contestatarias y rebeldes frente al yermo panorama cultural y artístico de la época. Sentían una especial atracción por el lado mágico y misterioso de la realidad. Conjugaban influencias surrealistas, mironianas, de Klee…, junto a otras literarias, filosóficas y musicales, todo ello sobre el sustrato de una mentalidad de vocación centroeuropea, más proclive a lo oscuro y fáustico que a la diafanidad mediterránea. En estos años encontramos obras realizadas en las más diversas técnicas, desde dibujos a tinta hasta gouaches y óleos de composiciones abstractas, desde un automatismo geométrico hasta la conjunción de elementos simbólicos, figuras, astros y signos que conforman paisajes enigmáticos y cosmologías mágicas. Esta fase surreal, imaginativa y poética, plásticamente etérea y dominada por el dibujo, había estado precedida por ensayos matéricos, collages y desechos recuperados de las ruinas de la posguerra, así como por paisajes y abstracciones de filiación expresionista.
El informalismo, materia i objeto
(1956-1964)
Ilustra un denso ciclo informalista que el autor inicia a mediados de la década de los cincuenta (etapa de Lyon), cuando produce las más insólitas amalgamas de materiales y procedimientos y, sin saberlo, coincide con el *art autre*, Dubuffet y Fautrier. Son obras, a menudo sobre madera, resueltas agrediendo el soporte (quemaduras, incisiones…) y/o adhiriendo diversos materiales y, más tarde, objetos discernibles, hasta culminar en las llamadas “construcciones heteroplásticas” (1957). Tras esta primera fase experimental se produce una profundización y reflexión sobre las capacidades expresivas de la materia que cristalizan en magníficos hallazgos, elevándolo a la cima del éxito y del reconocimiento internacional (Bienal de São Paulo, 1959). Sus elogiadas superficies de irisaciones metálicas (doradas, plateadas, cobrizas), con texturas acentuadas y su particular uso del *dripping*, constituyen una alquimia absolutamente personal que busca ennoblecer lo más humilde mediante una espléndida metamorfosis lograda a través de insólitos procedimientos técnicos.
En medio de este apogeo informalista ya afloran otras inquietudes expresivas, lo que es indicativo de una constante en Cuixart: la huida de sus propios éxitos para afrontar nuevos retos que le impidan caer en cualquier tipo de reiteración creativa. Nada más iniciarse la década de los sesenta, aún dentro del mismo lenguaje matérico, aborda el tema sexual y lo hace sin disimulo, con obras de relieve agresivo, tremendamente audaces para un momento marcado por los tabúes y las represiones. El ambiente le resulta opresivo y se hace eco de tendencias exteriores como el New Dada, el Pop Art o el Nouveau Réalisme desde ópticas muy personales: en 1963 sorprende con las célebres muñecas laceradas, sintomáticas de una profunda angustia existencial. El objeto se incorpora también a su obra en piezas exentas igualmente cargadas de una dramática expresividad.
La figura obsessión y delirio
(1965-1988)
Como preludio a su fase plenamente figurativa, trabaja en una original e interesante serie erótico-mágica de tintes intelectualistas (1965-1969), en la que combina el relieve matérico con el dibujo caligráfico. En los años setenta se abre a la temática de la figura —siempre sometida a una deformación expresionista de la realidad—, al tiempo que deja fluir impetuosamente su vena hedonista y barroca.
Frente a la visión trágica de aquellas muñecas torturadas —primeros indicios de expresión a través de la figura humana—, a partir de los años setenta parece oponer una trivial sátira burlesca. No obstante, pese a que manifiesta una apariencia suntuosa y grotesca, con un toque de fatuidad que se desliza peligrosamente al filo del kitsch, la divergencia es principalmente de carácter formal. Se trata de un nuevo revulsivo moral, en este caso contra la hipocresía y la necedad, a través de un lenguaje igualmente surreal, expresionista y patético que mantiene un evidente trasfondo siniestro. Son obras que, por un lado, apelan a los sentidos por su preciosismo voluptuoso y la gran fluidez de la ejecución y, por otro, interpelan al subconsciente, a los fantasmas y obsesiones más ocultos, incluyendo signos de tipo daualsetiano. Rostros y cuerpos distorsionados, con inverosímiles desproporciones que, pese a su monstruosidad, poseen a menudo una inquietante y extraña belleza. Espectros angustiados y perversos que se inscriben en la tradición goyesca más surreal y esperpéntica y parecen proclamar, como las barrocas vanitas, la inexorabilidad de la muerte. Ya en los años ochenta, Cuixart deriva hacia una obra tosca y de estridencia cromática, en la que abundan las mujeres con pomposos tocados.
Introspección en la naturaleza
(1989-2000)
El contenido de este último ámbito corresponde al trabajo de la última década del siglo XX, un magistral compendio de toda la experiencia anterior plasmado en el lenguaje sobrio y equilibrado que encontramos en sus introspecciones subterráneas en la naturaleza. Se trata de un ciclo amplio y denso —en el que abundan los grandes formatos— dotado de un sentido estético sublime que manifiesta la gozosa plenitud de una personalidad pictórica singularísima y fecunda. Partiendo de una concepción inédita de una temática tan tradicional como el paisaje, el autor se aleja de la realidad visual para adentrarse en el espíritu profundo y mítico de la naturaleza, en el misterio de los bosques y en el lirismo mágico y silencioso de la fertilidad de la tierra. Son composiciones de espléndida madurez en las que intervienen, en perfecta conjunción, geometrías, biomorfologías, signos y algunas pequeñas figuras o animales inmersos en una fascinante ambientación. Precisamente aspectos como las irisaciones metálicas, el minucioso trabajo de las texturas o la pervivencia del factor mágico y sígnico en estas obras de los años noventa, hacia el final de su trayectoria pictórica, manifiestan la continuidad de la reflexión del autor en torno a los componentes de un lenguaje propio, de ilimitados recursos y evidente solidez conceptual.
Textos: Dra. Raquel Medina
